MEMORIAS
León Leyson tenía nueve años cuando los nazis invadieron Polonia y fue llevado junto a su familia a un campo de concentración. Un libro autobiográfico rescata la singular mirada frente a la guerra del sobreviviente más joven de la lista de Schindler.
FOTO FAMILIAR: Con sus padres, Chanah y Moshe, en 1948
León Leyson tenía ocho años y un juego: le gustaba colarse en los tranvías de Cracovia y hacer que el guarda lo persiguiera por todo el vagón lleno de pasajeros. Cuando estaba acorralado, se bajaba a toda velocidad y volvía a subir por el otro extremo. Así, junto con sus amigos, León conoció la ciudad a la que había llegado en 1938 desde su pueblo natal, Narewka, una zona rural cerca de la frontera con Bielorrusia.
Pero un día algo cambió. Había cuerdas que separaban los asientos del fondo, destinados a los pasajeros judíos. León nunca había sentido diferencia por su origen étnico: en Narewka había mil judíos que hablaban idish en sus hogares, hebreo en la escuela religiosa y polaco en la calle, donde convivían en paz con la mayoría católica. En Cracovia, en cambio, vivían 60.000 judíos: había templos, barrios y comercios que formaban parte de la vida cotidiana de la gran ciudad. La situación duró poco y la prohibición definitiva de viajar en tranvía se extendió por todo el país: el ejército alemán había invadido Polonia, iniciando así la Segunda Guerra Mundial.
León Leyson sobrevivió al Holocausto, a las torturas, al hambre, a los campos de concentración y a la violencia injustificada. Pero no es cualquier sobreviviente. Cuando estalló el conflicto, Leyson tenía nueve años. Su mirada de niño describe la guerra y el padecimiento de un pueblo desde un punto de vista diferente. También, revela nuevas evidencias acerca de la compleja personalidad de Oskar Schindler: “Yo era un chico judío que tenía que luchar todos los días para vivir. El era un nazi con mucho poder. Pudo habernos abandonado incontables veces o llevarse su fortuna, pudo haber decidido que su vida dependía de hacernos trabajar hasta morir, pero no lo hizo. En cambio, puso su propia vida en peligro cada vez que nos protegía sin otra razón que hacer lo correcto. Oskar Schindler es la definición de heroísmo. Yo soy la prueba viviente de eso”. Estas palabras pertenecen a El chico sobre la caja de madera, el libro de memorias de León Leyson que la editorial no dudó en publicar, puesto que se trata del sobreviviente más joven de la lista de Schlinder.
DEL GUETO AL CAMPO
La vida en la ciudad fue cada vez más difícil para los judíos. La prohibición de trabajar y de ir a la escuela, la confiscación de riquezas y el racionamiento de alimentos fueron el anticipo de algo peor: el ejército alemán decidió encerrar a todos los ciudadanos judíos en un barrio cerrado por muros de cuatro metros de alto coronado por lápidas, el gueto de Cracovia. León vivía con toda su familia; su padre Moshe y su hermano mayor Hershel habían conseguido trabajo en una fábrica tomada por los alemanes. Su madre Chanah y su hermana Pesza limpiaban casas. Tsalig, David y León, los tres niños más pequeños, hacían lo que podían. “Yo empecé a ir a una fábrica de bebidas”, relata Leyson. “Durante doce horas colocaba las etiquetas en las botellas. Al final del día, recibía una botella pequeña como pago que compartía con toda mi familia”.
Foto: EL GUETO: El cobertizo en Cracovia donde se escondió con su madre.
Fue la casualidad la que llevó a Moshe, el padre de León, a conocer a su salvador. Por aquel entonces muchos empresarios alemanes, ávidos de riquezas rápidas, tomaban las fábricas expropiadas a los judíos y las ponían a trabajar. Entre ellos se encontraba Oskar Schlinder. Un día Moshe fue llamado de un fábrica frente a la suya para abrir una caja fuerte: sabían que era bueno con las manos y que podía resolver el problema. El padre de León hizo rápido su trabajo y desde ese día se convirtió en uno de los empleados y protegidos de Emalia, la compañía donde Schlinder fabricaba artículos de cocina para los alemanes. “Aunque mi padre no llevaba dinero a casa, sí podía traer algunas piezas de pan o de carbón ocultos en sus bolsillos. Pero lo más importante era que, trabajando en Emalia, mi padre era oficialmente un empleado. Si un soldado alemán lo detenía en la calle y pretendía llevárselo para hacer trabajos forzados, él poseía una credencial que lo protegía”.
El hambre, el frío, las enfermedades, el hacinamiento, los asesinatos sin motivo. Esta era la vida destinada para León, su familia y todos quienes vivían en el gueto. “Esto es lo peor que puede pasarnos”, solía repetir Moshe. Y parecía cierto: la familia Leyson compartía una habitación con otra familia –los Luftig– quienes habían colgado una manta en el medio para tener algo de privacidad. Eso era lo peor que imaginaban, hasta que los rumores de los traslados se hicieron reales. Los alemanes habían decidido llevar a los judíos “menos útiles” a poblaciones rurales del interior. Esto, lo sabemos ahora, es una mentira: el destino de los trenes eran campos de trabajos forzados como Plaszów o campos de exterminio, como Auschwitz.
Foto: DEMASIADO DOLOR. En el campo de concentración de Plaszów, la familia de León fue separada y enviada a distintos sectores, librados a su suerte.
EL INFIERNO EN LA TIERRA
Las ocasiones en las que León estuvo al borde de la muerte fueron varias. Logró sobrevivir a redadas, tiroteos y evitó un traslado al campo escondido junto a su madre durante dos días en un cobertizo. Pero Tsalig, su hermano más querido, no corrió la misma suerte. En la película de Steven Spielberg La lista de Schlinder, hay una escena donde Oskar corre a la estación de tren y registra frenéticamente entre la gente para salvar a su contador, Itzhak Stern. “Lo que el filme no muestra es que, en esa búsqueda, Schlinder reconoció a mi hermano, como al hijo de uno de sus empleados. Lo llamó y le dijo que lo sacaría de allí. Pero Tsalig se negó, estaba con su novia Miriam y no podía abandonarla. Esa es la clase de joven que era mi hermano, no abandonaría a su novia para salvarse a sí mismo”, escribe Leyson en su libro.
“Mi primera visión de Plaszów como un infierno en la tierra, nunca cambió. Era desértico, lúgubre, caótico. Rocas, polvo, alambre de púa, perros feroces, guardias amenazantes y la posibilidad de morir en cada paso”. Así describe el campo de concentración al que fue asignado León a los 12 años. Su familia había sido desmembrada: su padre, su madre, su hermano David y su hermana estaban en otros sectores, librados a su suerte. Su hermano Hershel había emigrado hacia una zona rural y, según se enterarían después, fue asesinado a sangre fría. La última vez que había visto a Tsalig había sido en manos de soldados alemanes rumbo a la estación de tren.
SCHLINDER, EL SALVADOR
Cuando la guerra avanzaba y el ejército soviético comenzó a vencer al alemán, fue Schlinder quien rescató por enésima vez a la familia de León y la llevó desde Plaszów hasta Cracovia, para trabajar en su fábrica, que ahora, en vez de cacerolas, fabricaba municiones. “Yo trabajaba arriba de una caja de madera, porque no llegaba a los controles de mi máquina. Schlinder pasaba y siembre hablaba conmigo, me preguntaba cuántos remaches había hecho. Entendí que hacía diez veces menos que un adulto, pero él nos protegía por alguna razón que nunca voy a entender”.
La guerra terminó y León emigró junto a sus padres –luego de vagar tres años en diferentes campos de refugiados– a los Estados Unidos. Tenía 19 años cuando su nueva vida empezó. Durante su instrucción militar en el nuevo continente, fue asignado a una base militar en Atlanta, al sur del país. En una oportunidad salió de la base militar y tomó un colectivo para viajar a la ciudad. El conductor le dijo que no se sentara en el fondo, como le gustaba hacer en Cracovia, porque esos asientos estaban destinados a los negros. Fue allí cuando León Leyson entendió que el mundo en que vivimos tiene muchos problemas por resolver. Y que por eso era necesario contar su historia.
El niño de la lista de Schindler
11/Feb/2014
Rumbo Digital, por Tomás Linch